Colombia: donde las balas florecen sobre las urnas
Cristian Sanchez
Bogotá,
una metrópolis que se detiene. Un murmullo frio recorre la Plaza de Bolívar insultando
al presidente, mientras el féretro de Miguel Uribe Turbay atraviesa la cámara ardiente
en el Capitolio, como todo un entierro de Estado. Un senador, un hijo, un padre de familia, un político
joven con promesas fehacientes y otro cuerpo que la violencia lo condena
prematuramente al suelo. Su muerte repite un guion: la política marcada a fuego
por la metralla.
Miguel
no era un extraño en el escenario nacional. Nieto del expresidente Turbay
Ayala, hijo de la periodista Diana Turbay, víctima del secuestro del capo Pablo
Escobar, que terminó asesinaba sin preocupación, mas que sangre de elite y de
inmigrante, llevaba la cicatriz de la violencia. Su carrera era la apuesta de
una generación con futuro, concejal, secretario de gobierno, senador y precandidato
presidencial. Su discurso no era palabrería de occisión, pedía seguridad,
firmeza institucional, una paz basada en el amor a la patricia, en sentimiento
de nación. creía, como Álvaro Uribe Vélez, que sin controlar el territorio no habría
confianza, desarrollo, ni paz.
El
7 de junio, durante un mitin en Modelia, un joven sicario de apenas 14 años le
clavó tres balas en la cabeza. En la retahíla de cifras, la crudeza se atenúa… disparos,
hemorragia, UCI, dos meses de agonía, muerte el 11 de agosto a los 39 años. Pero
no se trata de cifras. Es otro magnicidio, un zumbido mortal que aviva la
pregunta: ¿por qué seguimos siendo una sociedad dispuesta a que la vida
política cueste la vida real?
Colombia
lleva 200 años de era republicana y no ha aprendido que en la política no caben
balas. La polarización, los intereses ilegales, la impunidad siguen hilando un
manto sangriento que se lleva líderes cada semana. Y mientras los políticos
dicen en coro que legislarán contra la violencia, la violencia sigue legislando
sobre ellos.
La
seguridad democrática de antaño no fue perfecta, pero recuperó carreteras,
mercados, cordones institucionales. El Estado volvió a sonar en los oídos del
país y de la inversión extranjera. Esa herencia moderna fue la brújula ideada
por quienes entendieron que la paz no es solo un deseo, sino un proceso
estructural. Miguel con su voz joven y con decisión, buscaba retomar ese rumbo
hacia la prosperidad. Fue un proyecto político hecho carne. Y termino sacrificando
su sangre.
Ahora,
cuando se acercan las elecciones de presidenciales y del congreso, la incógnita
vuelve: ¿un país tan roto podrá reconocer sus necesidades reales? ¿O seguiremos
comprando la ilusión de seguridad con votos mientras permitimos que el plomo
siga haciendo política?
No
queremos más suicidios ni oportunidades caducas. Queremos paz y tranquilidad.
Queremos que haya seguridad sin ser represión, que haya justicia sin ser
venganza, que haya debate sin morir por discrepar.
La
muerte de Miguel Uribe Turbay no puede quedar como un número más. Es la firma con
rojo más dolorosa de nuestra incapacidad para proteger a quienes se atreven a
soñar bajo los reflectores. Su partida marca un momento crucial. O renovamos la
reconciliación nacional y blindamos la vida política, o seguiremos siendo un
país donde florecen las balas sobre las urnas.
Porque
solo un Estado-nación cimentado en la seguridad democrática, en un amor por la
patria que va más allá de banderas y en la institucionalidad que no se rompe
ante el miedo, puede permitirnos mirar el futuro. Colombia merece política real.
Comentarios
Publicar un comentario