Carlos Lehder vuelve a la tierra que lo olvidó

Un anciano camina por el aeropuerto El Dorado. Sus pasos ya no son ágiles, su mirada ya no intimida. Pero tras él no hay olvido, hay historia: una historia que Colombia lleva como cicatriz, no como anécdota. Carlos Enrique Lehder Rivas, hijo del Quindío, nieto de alemanes, sobreviviente del encierro gringo, ha vuelto.
    Nota: Imagen extraída de la página web del el colombiano.

Con 75 años, regresa no como el traficante que fue, sino como el símbolo de un país que aún no se decide entre la justicia y el perdón. La selva lo recibe con el mismo verde que lo vio nacer; el aire húmedo del Valle le entrega aromas olvidados. No hay alfombra roja, pero sí titulares. No hay homenajes, pero sí murmullos.

El retorno de Lehder no es solo el regreso de un cuerpo envejecido. Es la resurrección de un pasado que Colombia nunca terminó de enterrar. ¿Puede un país que se dice cristiano mirar a los ojos de quien fue uno de sus grandes verdugos y ofrecerle perdón? ¿O la memoria del ministro Lara Bonilla, aún sin justicia, pesa demasiado para que el Evangelio se cumpla?

La Corte Constitucional ha dicho, en múltiples ocasiones, que el perdón no puede ser impuesto, pero tampoco puede negarse cuando el alma nacional lo necesita. Y es aquí donde se presenta el dilema. ¿Estamos listos para aplicar nuestros principios fundacionales? ¿O seguimos presos de una justicia selectiva que olvida a los poderosos y persigue con rigor a los pequeños?

Carlos Lehder fue el aceite en el engranaje que lubricó la violencia del Cartel de Medellín. Se nombró a sí mismo así, hace unos días en la entrevista con Semana: el aceite. Porque sin él, el motor —Pablo Escobar, el agua turbulenta— no habría corrido con la misma fuerza. Fue Rambo para algunos, un ideólogo para otros. Pero también fue un hombre atrapado por su época, por un Estado incapaz de contener ni educar, y por un país que durante décadas, vendió futuro por dólares manchados.

Después de 38 años en extradición, después del encierro, después de Alemania, Lehder camina por Colombia como si regresara de entre los muertos. Lo hace en un momento casi predestinado: cuando el país discute la reforma a su memoria, cuando el proceso de paz aún cruje, cuando las víctimas reclaman algo más que monumentos.

¿Hay redención posible para alguien como él? ¿Tiene el perdón un límite? ¿Debe el castigo ser eterno o también el Derecho puede curar heridas, no solo abrirlas?

Colombia debe decidir. Porque perdonar no es olvidar. Perdonar es mirar al pasado con los ojos del futuro. Y si hemos de construir un país verdaderamente en paz, no podemos vivir aferrados a los fantasmas. Ni idealizarlos, ni borrarlos. Solo mirarlos con verdad, con justicia y si acaso, con misericordia.

La llegada de Lehder es una prueba para la nación. No para medir su capacidad de castigo, sino su madurez democrática. Es aquí donde el Derecho debe demostrar que no es un código de piedra, sino un instrumento de humanidad. Que la justicia puede coexistir con la compasión. Que el Estado Social de Derecho no es una idea muerta, sino una promesa viva.

Carlos Lehder vuelve a una Colombia que no es la que dejó. Pero también vuelve a una Colombia que aún no sabe quién es. Y quizás, solo quizás, su retorno sea la oportunidad para preguntarnos no quién fue él, sino quiénes queremos ser nosotros.

Cristián S. Sánchez© - 9 de abril 2025. 

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