Rutina
Naturalmente tengo una rutina. Siempre que salgo de casa, trato de volver por el mismo camino. Como si repetir el trayecto fuera una forma de asegurarme que todo sigue igual. Mi casa, quizás, es más que paredes: es el refugio donde mi mundo respira tranquilo, donde mi mente descansa y mis sentimientos pueden hablar sin pedir permiso. Mamá la llamaría mi guarida. Y tal vez tenía razón.
Pero sin planearlo, me perdí. Las calles de mi pueblo, tan familiares y tan ajenas a la vez, se abrieron como un mapa nuevo. El clima era cálido, casi demasiado. Ya sabes que me fascina el frío: ese frío que se parece a los besos que me dabas cuando aún creíamos en las glorias compartidas. Aunque bueno, mejor no desviarnos por ahí. No otra vez.
Lo curioso es que, sin darme cuenta, tomé un nuevo camino. Uno que también llevaba a casa, pero con otra mirada. Y ahí estabas. Caminando como si la calle también te perteneciera. Con esos ojos color café que, por alguna razón absurda o divina, eran capaces de cambiar la gravedad de mis días. Eran maravillosos, sí, pero también deslumbrantes, casi metafísicos... y tan materialmente relativos que hasta Einstein habría levantado la ceja. Me miraste, y fue como si un hoyo negro se abriera en mi pecho. Uno chiquito, de esos que no destruyen el universo, pero sí te dejan con las manos vacías.
Algo así. O al menos, eso sentí yo.
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