La Bomba
Estaba esperando a mi mamá en la esquina, como si la paciencia fuera una virtud que yo hubiera heredado (spoiler: no la heredé).
Los carros pasaban uno tras otro, ignorándome con elegancia. Ninguno era el de ella.
Y justo cuando empecé a pensar que me había olvidado —o peor, que se había ido con mi tía la intensa— apareció él.
Un viejito.
Metro y medio, si acaso, pero con la espalda encogida como si la vida lo hubiera doblado en tres cuotas mensuales.
La piel parecía hecha de papel arrugado y, al sonreír, confirmó lo que ya sospechaba: le faltaban tres dientes y medio (el medio estaba como en huelga, todavía agarrado pero sin convicción).
Se me acercó con una solemnidad de película francesa.
Yo me preparé para el clásico "joven, ¿tiene una moneda?".
Pero no.
Me miró con esos ojos de cielo desteñido y me soltó:
—Tenga cuidado, oiga. Tenga mucho cuidado.
Y claro, me asusté. Porque cuando un señor con bigote mal recortado te dice eso en plena calle, uno piensa que va a estallar algo, o que se viene el apocalipsis.
—¿Por qué? —le pregunté, apretando la mochila como si tuviera dentro las respuestas de la vida.
Él bajó la voz, casi susurrando:
—Están poniendo bombas.
Mi corazón se fue a los tobillos.
Miré a todos lados. Tráfico detenido. Una maleta solitaria en la acera de enfrente. Todo empezaba a tener ese color sepia de las tragedias anunciadas.
—¿Bombas? —repetí, ya viendo el noticiero narrando mi final.
Y entonces, con la parsimonia de un sabio zen que acaba de soltar su gran enseñanza, me dijo:
—Sí. Bombas de dos cachetes. ¡Mire cómo caminan algunas por ahí!
Y se echó a reír.
Rió tanto que casi se le cae el otro medio diente.
Se fue caminando por la mitad de la calle, deteniendo el tráfico, mientras los carros pitaban y los transeúntes miraban como si él fuera el profeta de una nueva religión: la de los viejos locos que dicen verdades disfrazadas de chistes malos.
Y yo me quedé ahí, entre indignado y agradecido.
Porque sí, el viejo era un payaso.
Pero por un momento, me sacó de mi espera.
Y eso, a veces, también es una forma de salvarnos.
- Cristian Sánchez
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