Cuando el silencio también es pecado


La SU-184 del 26 de mayo de 2025 aparece con toda su claridad. Y yo no escribo esto desde la neutralidad fría del observador distante. Lo escribo como lo que soy, un católico practicante, católico hasta en los tuétanos, pero también como estudiante de Derecho, que no puede callar cuando las instituciones que ama son interpeladas por la verdad.

Hoy en la posesión del nuevo arzobispo de Bucaramanga, monseñor Luis Augusto Campos Flores, hubo una imagen que quedó resonando. La del Evangelio de la turbulencia. La barca sacudida. Los apóstoles asustados. El miedo recorriendo la madera mientras el agua amenazaba con tragárselo todo. Pero la enseñanza más dura no fue esa. Fue otra. Que las tormentas de la Iglesia no llegan solamente desde afuera. No vienen solo del anticlericalismo, del ataque ideológico, del desprecio moderno contra la fe. Vienen también desde dentro. Desde la falta de santidad, de coherencia y de transparencia de sus propios miembros.

Y allí hay que hacer una precisión que muchos evaden. La Iglesia no es solo la jerarquía. La Iglesia somos también los fieles. Somos todos. Los que rezan. Los que asisten. Los que callan. Los que aplauden. Los que saben y miran hacia otro lado.

Por eso esta crisis no puede mirarse como si fuera ajena. Hay una complicidad que duele. Complicidad de fieles con sacerdotes. De sacerdotes con fieles. Entre sacerdotes. Dentro de la misma jerarquía. Una red de silencios, de justificaciones, de prudencias mal entendidas, que a veces termina protegiendo más la apariencia de la institución que la dignidad de las víctimas. Y eso, aunque incomode, también hay que decirlo.

Porque defender a la Iglesia no es encubrir su podredumbre. Defenderla no es negar sus heridas. Defenderla, quizás, sea precisamente lo contrario: purificarla.

Como católicos y más aún como laicos, tenemos una responsabilidad que no puede seguir siendo delegada. Corregir, exigir, denunciar, llamar las cosas por su nombre. Así como los sacerdotes tienen autoridad para corregirnos, también nosotros tenemos el deber moral de señalar aquello que destruye la credibilidad de la Iglesia desde adentro. Hay una frase que suele repetirse: cada sociedad tiene los gobernantes que tolera. Yo diría también esto: a veces tenemos los sacerdotes que permitimos.

La falta de oración, la falta de formación, la falta de amor real por la verdad, y también el desconocimiento de la Escritura y del Magisterio, han hecho que muchos fieles duden al momento de denunciar. Tiemblan. Retroceden. Guardan silencio. Confunden obediencia con sumisión. Confunden comunión con complicidad.

Y aquí no basta con hablar de los abusos sexuales, aunque sean una de las expresiones más atroces del mal. También hay que hablar de los encubrimientos, de los pactos de silencio, de la lógica corporativa que convierte el escándalo en asunto administrativo y el dolor de las víctimas en una incomodidad institucional. Benedicto XVI entendió, con dureza y tardíamente quizás, que ese cáncer debía ser enfrentado. Y tenía razón. Porque el abuso no solo rompe cuerpos o almas: rompe también la autoridad moral de quien predica a Cristo desde el altar.

Claro está, esta tragedia no es exclusiva de la Iglesia. Los abusos habitan también en el Estado, en las escuelas, en las familias, en los espacios que deberían proteger y terminan destruyendo. Pero precisamente por eso la Iglesia no puede reclamar inmunidad moral. No puede exigir para sí una indulgencia que no concede a otros. No puede denunciar la decadencia del mundo y al mismo tiempo, esconder la suciedad bajo sus propios manteles.

Y aquí quiero decir algo que considero esencial: así como denunciamos la ideología de género, también debemos denunciar los encubrimientos dentro de la Iglesia católica. Sin vacilaciones. Sin cálculo. Sin doble rasero. Porque la verdad no puede ser militante hacia afuera y cobarde hacia adentro.

Por supuesto deben respetarse el debido proceso, la presunción de inocencia y todas las garantías constitucionales. Eso no está en discusión. Pero una cosa es garantizar derechos, y otra muy distinta convertir esos principios en refugio del silencio, de la inacción o del traslado discreto del problema. La prudencia no puede ser una coartada. La institucionalidad no puede ser una máscara.

Hay sacerdotes que deben ser investigados con rigor. Hay conductas que deben apartarse. Hay estructuras enteras que deben desmontarse. Porque sí, existe un entramado. Existe una cultura de cubrirse entre sí. Existe un miedo a tocar ciertos nombres, ciertos círculos, ciertos lobbies internos. Y mientras eso siga intacto, la Iglesia seguirá pidiendo confianza con las manos manchadas por su propia omisión.

No he estudiado aún con toda la profundidad que exige la SU-184 de 2025. Lo reconozco con honestidad. Esta no es una conclusión definitiva. Es una toma de posición provisional, abierta a la revisión, a la corrección, incluso a la retractación si el estudio serio me lleva a ello. No me avergüenza cambiar de opinión. Me avergonzaría más callar por comodidad.

Pero sí quiero dejar esto escrito, con toda claridad: los fieles también somos responsables. Responsables ante la sociedad. Responsables ante las víctimas. Responsables ante la verdad. Y responsables ante Dios.

Porque al Dios verdadero no se le sirve escondiendo el mal. No se le honra blindando estructuras. No se le agrada maquillando la herida. A Dios se le sirve con verdad. Con justicia. Con valentía. Y sobre todo, con una santidad que no sea discurso, sino testimonio.

Cristian Sneider Sanchez Ayala           

 

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